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La loba Lucía

La loba Lucía

 

Lucía, llamada cariñosamente Luci, vivía con sus padres en lo más profundo del bosque. Le encantaba levantarse temprano por la mañana y escuchar el canto de los pájaros. Incluso tenía su pájaro cantor favorito, un viejo mirlo, cuyo canto escuchaba desde que era una pequeña lobita peludita.

Como no tenía hermanitos, Luci pasaba mucho tiempo sola. Sin embargo, esto no le molestaba, ya que siempre encontraba algo interesante que hacer. A veces sus padres también la acompañaban. Le gustaba jugar con ellos y sentía que la cuidaban. Le mostraban mucho cariño y ternura. Sólo había una cosa que le molestaba a Luci: a veces sus padres oían algo completamente distinto a lo que ella quería decir. Por ejemplo, cuando pasaba con ellos por la galería del bosque, a veces exclamaba: «¡Qué mariposa de madera tan bonita!» o “¡Mirad qué figuritas tan maravillosas!”, y los padres respondían: «Luci, no podemos comprarte una» o “Luci, algún día te compraremos una”. Pero la verdad era que Luci no quería comprar nada, sólo quería admirar lo que veía junto con sus padres.

Aparte de este comportamiento de mamá y papá, la realidad era que Luci no tenía nada de que quejarse. 

Un día se anunciaron en el bosque los preparativos para la Gran Cosecha de Arándanos. Todos los años se celebraba este día como una auténtica fiesta. Todas las familias intentaban participar de alguna manera. Algunos traían delicias del bosque, otros limpiaban, otros inventaban juegos para los más pequeños.

El primer día de los preparativos, Luci se levantó temprano como de costumbre y se dirigió al lugar donde cantaba el viejo mirlo. Hacía tiempo que sabía que el mirlo probablemente no viviría mucho más. Sabía que estaba débil; lo notaba en su voz, que había cambiado con los años. Cuando dijo a sus padres que creía que el mirlo moriría pronto, ellos empezaron a consolarla, diciéndole que seguramente viviría muchos años más. Pero la verdad era que Luci no quería que la consolaran, quería compartir su tristeza con sus padres. Habría sido más fácil para ella.

 

Aquella mañana no se oía a ningún otro pájaro en el bosque. El mirlo, a pesar de su débil voz, cantaba de maravilla. Cuando terminó el concierto, Luci le dijo::

  • Me tengo que ir mirlo. No sé si nos volveremos a ver. Gracias por tu actuación de hoy. 

En cuanto llegó al claro del bosque donde todos los años se celebraba la Gran Cosecha de Arándanos, su corazón se llenó de alegría. Vio una multitud de animales correteando por aquí y por allá, en distintas direcciones y ocupados en diferentes tareas. Las ardillas correteaban con bellotas en las patas, los osos con sus pequeños ositos empujaban grandes troncos llenos de arándanos, las martas recogían ramas, ordenaban la zona y, al mismo tiempo, preparaban palitos para hacer señales para el juego de pistas de la tarde. 

Las abejas volaban con panales y los erizos traían setas en sus púas. Los niños un poquito más grandes, como Luci, se encargaban de hacer adornos de corteza. Estos adornos se colgarían después en los árboles de los alrededores. Luci contempló todo el ajetreo y sintió una gran energía para actuar. Primero ayudó a las martas a recoger las ramas, luego les dio un aventón en su espalda a los tres erizos que ya estaban cansados y, por último, se unió al grupo de lobitos que estaban preparando los distintos adornos.

Justamente junto a este grupo Luci vio a sus padres que con tíos y tías, preparaban una mesa vegetariana para los lobos. Este era el único día del año cuando sólo se deleitaban con verduras y frutas, que normalmente complementaban su dieta.

Luci se dispuso a crear un adorno de corteza. Había planeado hacer un oso, pero acabó haciendo una figurita que se parecía a algo entre una comadreja y una nutria. Miró su trabajo. No estaba contenta con él, pero tampoco le preocupaba demasiado el resultado. Sabía que era mucho mejor corriendo y saltando que haciendo manualidades.

  • Bueno, no me salió bien - concluyó brevemente, y estaba a punto de entretenerse con algo diferente cuando, de repente, sus padres empezaron a consolarla.
  • ¡Ala, hija! ¡qué oso tan guapo! - exclamó su padre.
  • ¡Te ha salido muy bien! - añadió mamá.
  • Eleonora, ¡mira qué oso más bonito! - papá se dirigió a su tía que estaba cerca.

 

De pronto, varios familiares se reunieron alrededor del adorno y empezaron a admirar la figurita  mal lograda de comadreja-nutria, preguntándose en susurros qué animal se suponía que representaba el adorno. Al cabo de un rato, todos se dispersaron para dedicarse a otras tareas. Sólo se quedaron mamá y papá.

Luci se quedó mirando a sus padres en silencio. En un principio quiso marcharse sin más, pero de repente sintió que en su corazoncito se había acumulado ya tanta pena y rabia que ya no lo podía soportar, así que finalmente dijo:

  • ¿Por qué me mentís?  ¿Por qué ni siquiera me podéis decir la verdad en algo tan simple? Después de todo, puedo ver que esta decoración no se parece a un oso. Me di cuenta de que no me salió bien ya está. No pasa nada. 

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

  • ¿Por qué, por una vez, en vez de hablar tanto, no podéis simplemente escucharme? 

Sus padres se quedaron mudos, sin saber qué contestar. Luci se dio la vuelta y caminó hasta el borde del claro, donde se tumbó bajo un gran árbol y empezó a llorar. Se sintió muy sola. Después de todo, no necesitaba que la admiraran. Sabía que no lo había hecho bien. Quería compartirlo y seguir adelante. ¿Por qué sus padres tan a menudo oían algo distinto a lo que ella les quería decir?

Pasó un buen rato más. Luci pudo ver desde lejos que mamá y papá seguían hablando de algo, mirando de vez en cuando en su dirección. Un alegre ruido seguía llegando del claro. El sol calentaba el pelaje de Luci, como si quisiera darle ánimo. También soplaba una ligera brisa que le traía consuelo. 

Cansada de llorar y abrigada por la luz del sol, se quedó dormida con la cabeza apoyada en sus patitas.

 

Cuando se despertó, sus padres estaban sentados a su lado. Su madre le acariciaba la cabecita. Tenía lágrimas en los ojos, pero sonreía alegremente. Papá miraba a Luci con ternura. Fue él quien habló primero.

 

  • Luci, tienes razón.
  • Gracias por habernos dicho todo lo que nos dijiste – añadió mamá.
  • A veces hemos dicho cosas por miedo. Temíamos que te pusieras triste por algo o que algo te enfadara, aunque al fin y al cabo la tristeza y la ira son sentimientos normales y necesarios....
  • Y a veces teníamos miedo de que algo te entristeciera... y quizá no te hubiera entristecido. O que algo te enfadara, y quizá no te hubiera enfadado.
  • Intentaremos escucharte mejor, dijo papá en un tono suave pero firme.
  • ¿Vamos a ver, hijita, cómo nos va? - propuso mamá.

 

Lucy asintió con la cabeza. Entonces papá le enseñó lo que llevaba en la pata. Era el adorno que ella había hecho.

  • ¿Puedes repetir que el oso no te salió bien? - preguntó con cierta timidez.

Lucy le miró sorprendida, pero decidió hacer lo que su padre le pedía. Estaba muy curiosa por lo que iba a pasar. 

  • No me salió este oso.
  • Querías hacer un oso, ¿verdad? – la cara de mamá expresaba una verdadera curiosidad.
  • Sí - se animó Lucy-. - Tenía que ser parecido al señor Mielero, el que vive cerca de nosotros.
  • Oh, parece que querías hacerle un sombrero parecido al que lleva el señor Mielero, ¿no? - comentó mamá.
  • ¡Sí, ese es su sombrero! Pero cuando terminé de hacer el sombrero, me quedé sin corteza suficiente para la barriga, así que el oso no me quedó muy oso...

Papá entrecerró los ojos, miró la figurita un momento y luego preguntó:

  • ¿Y a qué animal te recuerda este adorno?
  • A una comadreja-nutria – respondió de inmediato Lucy y tan solo terminó de pronunciar estas palabras se echó a reír alegremente.

Ese día, Lucy no se volvió a sentir sola en ningún momento. Junto con sus padres, terminó de preparar la mesa para los Lobos y luego participó en el juego de pistas con sus amiguitos mayores tejones y martas. Cuando llegaron a casa, decidió pedir a sus padres algo que era muy importante para ella.

  • ¿Podéis ir conmigo mañana por la mañana a escuchar al mirlo? Puede que sea uno de sus últimos conciertos…

Después de pensarlo un rato más, añadió:

- Sólo que estos conciertos hay que escucharlos en silencio.

- Iremos - respondieron los padres al unísono.

Al día siguiente, muy temprano por la mañana, los tres fueron al lugar favorito de Lucy. Mientras estaban sentados juntos y escuchaban las melodías que resonaban entre los árboles, Lucy miró a su mamá y a su papá. Sentía que sus padres de verdad la acompañaban.

 

A los padres y tutores

Necesidad de sinceridad. Necesidad de compartir penas y alegrías.

A veces, los padres no se dan cuenta de la necesidad de sinceridad que tienen sus hijos. De vez en cuando, al no decir la verdad, los padres intentan proteger a sus hijos de lo que creen que es demasiado difícil para ellos. Sin embargo, es bueno recordar que los niños ven y entienden más de lo que los adultos creen. A menudo es más beneficioso para un niño decir en voz alta lo que realmente le pasa, antes que quedarse con suposiciones, ya que éstas pueden provocar ansiedad y sentimientos de soledad. Si tenemos dudas sobre si nuestro hijo está preparado para escuchar una información, merece la pena consultar a un psicólogo infantil. 

La sinceridad también es valiosa a la hora de expresar opiniones sobre el trabajo o los logros de nuestro hijo. Esto no significa que, si algo no nos gusta, debamos criticarlo. Es útil hablar en el lenguaje de los hechos, por ejemplo, diciendo lo que vemos en un dibujo o señalando que el niño ha dedicado mucho tiempo a algo. Para el desarrollo de la autoconciencia y la autoaceptación, es más valioso hablar el lenguaje de los hechos que la admiración que no sentimos realmente, ya que engaña al niño. 

La necesidad de compartir penas y alegrías hace que los niños quieran contarnos lo que les ha pasado. Lo mejor que podemos hacer es escuchar y preguntar sobre lo que realmente nos interesa. Abrumar a un niño de consejos suele ser el resultado de nuestros temores, por ejemplo, los que provienen de nuestra propia infancia. Los niños que reciben nuestros temores en lugar de interés como respuesta al deseo de compartir sus experiencias pueden acabar dejando de invitarnos a su mundo. Además de ser escuchados, los seres humanos también necesitan ser realmente oídos.